El fotógrafo que desnuda la intimidad de los escritores

Borges en la oscuridad. Fue la primera foto de un escritor célebre que tomó Mordzinski, cuando tenía 18 años. (Gentileza del autor, para la Revista Viva).

Un día sus retratados se pondrán de acuerdo y lo convertirán en protagonista central de una novela. Daniel Mordzinski quedará atrapado en las noches de París, como en la película de Woody Allen, y viajará por las épocas doradas de la literatura universal. Llegará a una fiesta donde estarán los mejores escritores de todos los tiempos, miles de ellos, bebiendo champán. La trama se complicará antes del amanecer. Daniel hará lo de siempre: romper corazas, entrar en confianza con los personajes de sus fotografías, desplegar intuición y sensibilidad, y preparar su cámara para empezar a trabajar. Y será ahí donde los escritores le harán sentir en la piel lo que sienten los personajes en la ficción. A Daniel sólo le quedará una foto. Una y sólo una. Y él atravesará 200 páginas de ese libro sin saber a quién apuntar.

Pero eso es pura imaginación, la realidad indica que el fotógrafo argentino, de 56 años y residencia en Francia, atrapó ya a cientos de escritores y viene a inaugurar la muestra “Objetivo Mordzinski” en el CCK, a partir del 15 de este mes.

La mirada y las manos. Daniel Mordzinski prepara la mayor muestra de su carrera en el CCK, con imágenes únicas de escritores.

La mirada y las manos. Daniel Mordzinski prepara la mayor muestra de su carrera en el CCK, con imágenes únicas de escritores.

En el camino, y antes que lo metan en cualquier novela, la revista Vivalo entrevistó durante las noches de superluna y, bajo esa luz que no consiguen los flashes, surgieron historias secretas de lo que ocurre detrás de sus “Fotinskis”, como él las denomina. Luz, cámara, anécdotas:

Aún no fotografiaste a Bob Dylan ¿Qué plan tenés para conseguirlo?

Sin ánimo de polemizar, pienso que el premio a Dylan es una piña en la cara a miles de escritores que hubieran podido salir del olvido gracias al Nobel. Eso no quita que sea un gran artista. Sus canciones están llenas de poesía, pero ¿hace eso de él un poeta? En cualquier caso, yo seguiré tarareando sus canciones y leyendo a poetas olvidados. Si Bob me llama y me pide retratarlo, aceptaría feliz, y le llevaría de regalo un libro de Roberto Juarroz, mi poeta preferido.

¿Cómo fue aquel día en que Cortázar apareció en tu muestra?

Cortázar ocupa un lugar muy importante en mi corazón. Llegué a París siguiendo sus pasos y su manera juguetona de escribir inspiró mi vida. Un día antes de mi primera muestra, temí que nadie me acompañara. Yo vivía en un pequeño cuarto de la Rue de La Motte-Picquet, sin teléfono, con baño al final de un largo pasillo. Bajé los seis pisos por las escaleras, crucé la avenida y en el correo busqué en el primer tomo de la guía telefónica. Llegué a Cortázar Julio, marqué su número, me atendió un contestador. No tuve coraje para dejarle un mensaje. Cuando volvía a mi cuartucho creí ver a mi mamá que, desde Buenos Aires, me decía: “Tenés que volver a intentarlo”. Regresé, respiré hondo y con los ojos cerrados dije: “Hola, Julio, me llamo Daniel, no soy nadie, nunca hice nada, pero mañana inauguro mi primera exposición fotográfica y sería el pibe más feliz del mundo si pudieras acompañarme, te dejo la dirección…”. Y Cortázar vino, a pesar del frío. Esa tarde comenzó todo. Pienso que en mi vida de retratista hubo dos Aleph: mi encuentro con Borges en Buenos Aires y éste con Cortázar en París.

Pasaron 38 años de tu foto a Borges, la primera de tu universo. Hoy, ¿le agregarías relieve con las nuevas tecnologías e impresoras 3D, para que él pudiera palparla?

El proceso creativo siempre culmina en los otros. Finalmente, los escritores –como los fotógrafos o los escultores– no somos nada sin ojos que aprecien nuestro trabajo. Imagino a María Kodama describiéndole una foto al poeta ciego: los personajes, la escena, la composición, su luz, y a Borges imaginándola. No creo que ninguna impresora, por más revolucionaria que fuera, pueda reemplazar al poder de la imaginación.

¿Cómo se perdió tu archivo y qué pudiste rescatar?

Hace tres años, en una oficina del diario Le Monde, tiraron a la basura –por negligencia o estupidez– la mayor parte de mis archivos: 55 mil negativos y diapositivas. Hubo un juicio y la justicia francesa hizo eso: justicia. El diario fue condenado por perjuicio moral y material. Una victoria simbólica en lo material pero muy importante en lo moral. Las imágenes nunca se recuperarán y la memoria de los escritores y de nuestras letras quedarán inevitablemente dañadas, pero al menos se hace justicia. No quería contarlo ni hacer de esto un titular, pero preparando el contenido de la muestra sentí muchos ecos de la destrucción de mis archivos y me movilizó un montón. ¡La cantidad de fotos que hubieran podido estar y que ya no están! Por eso decidí compartirlo con todos los que me dieron su apoyo y su amistad en esos tiempos difíciles. Recibí miles de mensajes solidarios y muchísimos escritores tomaron su pluma para revelarse contra lo que Mario Vargas Llosa llamó “una de las mayores inquisiciones perpetradas en la historia de la fotografía”. La muestra que haré en el CCK incluye por primera vez algunas fotos recuperadas gracias a una iniciativa de Hernán Lombardi y de la Audiovideoteca porteña. La muestra tiene cinco partes y una es una instalación que llamé Cómo mirar lo que ya no existe, con viejos recortes, mi primera cámara y objetos que evocan la destrucción de mis archivos. Lo que ya no existe y desapareció, tal vez lo destruyeron con métodos violentos o alguien lo robó y caerá en el olvido, otra forma de destrucción.

En tu sueño de construir un atlas de la literatura, ¿a qué fotógrafos asociarías?

No soy el único fotógrafo de escritores; por suerte hay muy buenos, por ejemplo Sara Facio, de quien me siento deudor. Tengo muchos y buenos maestros, pero no sólo del retrato de escritores, fotógrafos en general que han sabido buscar en el alma humana, y algunos lo siguen haciendo: Max Pam, Bernard Plossu, Sebastiao Salgado, Philippe Halsman, Ferdinando Scianna. A ellos les debo tanto como a los grandes maestros del Renacimiento, que con sus retratos me mostraron el camino.

En tus fotos aparece la porteñidad: el bandoneón que hace reír a Juan Gelman, el taxi en el que se apoya Federico Andahazi, el mural tanguero detrás de Pablo De Santis. ¿Extrañás la visual de la Ciudad?

Es cierto, no lo había pensado. Mis fotos tienen mucho de los autores que retrato y de sus universos literarios, pero tienen también algo de mí. Extraño mucho a Gelman. Lo retraté muchas veces y siempre fue cómplice y cordial. Una vez fui a recogerlo al aeropuerto de París, lo acompañé a su hotel y al apoyar la valija sobre la cama, me dijo “Esa valija no es mía”. Llamé al contacto de la etiqueta, pero el propietario no tenía la valija de Juan. Gracias a Air France logramos recuperar la correcta en pocas horas. Al otro día, en un recital poético, Juan contó la historia muerto de risa.

¿Cómo fue la trastienda de las fotos que tomaste a Osvaldo Soriano?

Me gustan las imágenes que me recuerdan los gratos momentos compartidos con un escritor, como la del Gordo con su habano. Cuando miro esas fotos pienso que su desaparición es una pérdida irreparable. Sólo me consuela ver su rostro lleno de inteligencia y bonhomía. Quizás esa sea la virtud de la fotografía: hacer perdurar instantáneas de vida.

Captaste a Juan Villoro rezándole a una pelota y a Eduardo Sacheri con globos y pelotas inflables sobre su hombro. ¿Adónde enfocarías tu cámara si tuvieras que cubrir un partido de Messi o un Boca-River?

Soy un hincha poco ortodoxo: en mi corazón hay lugar para tres equipos: el Racing de Avellaneda, el Olympique de Marsella y el Sporting de Gijón, pero sobre todo hay lugar para muchos libros, porque soy buen lector. Admiro a los fotógrafos que cubren el fútbol, yo nunca fui bueno en eso. Pero creo que en mi foto debería buscar una escena de antes o después del partido, tal vez a Messi leyendo a Soriano antes de saltar a la cancha o las dos alineaciones, de Boca y de River, aplaudiendo a una pareja de viejitos hinchas de Racing.

Quino pincha el globo. El creador de Mafalda asume un gesto de picardía. (Gentileza Daniel Mordzinski, para la Revista Viva).

Quino pincha el globo. El creador de Mafalda asume un gesto de picardía. (Gentileza Daniel Mordzinski, para la Revista Viva).

A Quino no le costó demasiado poner cara de pícaro cuando pinchaba un globo con un alfiler, ¿no?

Admiro a Quino, las fotos más difíciles o que más me cuestan, son las de la gente que quiero. El desafío se agranda porque no los quiero defraudar. Eso me pasa cada vez que retrato al gran Quino.

Alberto Manguel, Carlos Fuentes y Vázquez Montalbán aparecen con sus perros, ¿son los mejores amigos de los fotógrafos de escritores?

No te niego que incluir animales en las fotos se agradece en situaciones difíciles de resolver. Pero mis mejores aliados son mis oídos y mis zapatillas. Saber escuchar es saber ver. En una época donde todo el mundo cree tener razón y donde interrumpir es la regla, saber escuchar da mejores resultados. Y zapatillas porque una buena caminata afloja y te hace entrar en confianza con los escritores. En 2007 fotografié a Fuentes en su casa de México. En el jardín me esperaba Silvia Lemus con un cachorrito cocker en los brazos. Para romper el hielo le dije: “A qué se llama Blackie”. “¡Sí!, ¿cómo adivinaste?” Estaba encantada y se lo contó a Carlos, que leía recostado en la cama. En ese momento entendí que mi cámara ya había atravesado respetuosamente la frontera de su intimidad. Era la primera vez que Fuentes se dejaba fotografiar en su cuarto.

¿Cuáles fueron las circunstancias de tu exilio y qué sensaciones te genera fotografiar a escritores militantes de la vida y la política, como Eduardo Galeano, José Saramago y Osvaldo Bayer?

Respeto mucho a la gente que tiene un compromiso ético y que ha demostrado valentía, dignidad y entereza. Ellos son para mí los héroes de este mundo que impone héroes agresivos y violentos. Pero quiero recalcar que, salvo excepciones, todos los escritores merecen para mí el mismo respeto. Yo creo que es heroico que alguien se dedique a la escritura y me produce una gran fascinación retratar y conocer personas que anteponen la creación a los negocios u otras actividades, casi siempre más lucrativas. El oficio de escritor es, hoy en día, una suerte de militancia en sí mismo.

Gabo mira la luz. Y está a punto de rendirse a la siesta, en el momento en que lo capta el fotógrafo argentino. (Gentileza Daniel Mordzinski, para la Revista Viva).

Gabo mira la luz. Y está a punto de rendirse a la siesta, en el momento en que lo capta el fotógrafo argentino. (Gentileza Daniel Mordzinski, para la Revista Viva).

¿Cómo fue ese momento previo a la siesta de Gabo en que lograste fotografiarlo sentado en su cama?

Fue en Cartagena de Indias, acababa de fotografiar a Mario Vargas Llosa leyendo, metido dentro de su cama, y como en los HAY Festival los milagros existen, tenía una con García Márquez. Su mujer, Mercedes, me recordó: “Estoy haciendo una excepción, Gabito ya no da entrevistas ni acepta fotos”. En ese momento entra García Márquez y me doy cuenta de que yo no tenía ningún plan… Intento entablar una charla y Gabo me responde con monosílabos o silencios. Le pido que se siente en la cama y lo fotografío. Pasa casi una hora, salgo a buscar a Mercedes, pero no la encuentro. Vuelvo rápido. Desde la puerta veo a Gabo recostado. Siento escalofríos. Hago unas fotos desde el exterior con la puerta entreabierta, entro, me acerco y en contraluz, lo fotografío también. Otra vez juntos, solos y en silencio.

FUENTE: Clarín

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