Hans Kreller (1887-1958), nacido en la acomodada burguesía industrial de Sajonia y dedicado a la vida académica en una rama tan pacífica como es la del jusromanismo, parecía predestinado para una existencia tranquila. Sin embargo, no sólo tuvo que luchar en la primera guerra mundial, sino que también le incumbió la tarea de colaborar en la transformación de su querida especialidad, para poder defenderla contra el desfavor político en que había caído el derecho romano desde el ascenso de Hitler. En efecto, el nacionalsocialismo, que consideraba a dicha disciplina materialista e individualista, opinaba que la sustitución del joven derecho germánico por el romano, desde la Edad Media, había sido una desgracia para la cultura jurídica del norte de Europa, y que el carácter sospechoso del jusromanismo quedaba bien confirmado por el hecho de que abundaban los judíos entre los cultivadores de esta ciencia. Así, había que esconder esta antipática disciplina bajo una etiqueta menos ofensiva, en los programas universitarios: en vez de derecho romano, había que enseñar la historia de los derechos de la antigüedad. Kreller hizo frente a las circunstancias adversas con una flexibilidad admirable. Por una parte, gracias a su actividad en la redacción de la Revista Savigny, de 1935 a 1944, procuraba que el mundo alemán conservase intacto este importante punto de reunión de la discusión romanista. Por otra parte, al publicar en 1936 el libro que ahora tenemos delante de nosotros, en una pulcra traducción realizada por Fernando Hinestrosa, proveniente de la segunda edición de 1948, Kreller presentó al alumnado alemán una exposición de la historia del derecho romano, que por su incorporación del derecho helénico parecía adaptarse a la nueva política educacional, aunque en realidad se concentrase sobre el derecho romano.
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