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Un libro lleno de pinturas que al mirarlas, develan mágicamente el alma en los rostros de las persona retratadas, el rumor del agua cristalina, los aromas frescos del bosque, el calor del sol atrapado en los ladrillos de la catedral, la luz reflejada en la blanca, vieja y rugosa pared de tierra, el perfume de los geranios en los balcones cuencanos, la pa de los sielencios conventuales y el aleteo del colibrí que sacia su sed de miel, son conmovedoras imágnes de las acuarelas de Diego Sánchez Albarracín, creaciones frescas que nos obsequian belleza a quienes todavía creemos que el cultivo riguroso del dibujo, la pintura, la cromática, el dominio del piano o el estudio disciplinado de las partituras seguirán siendo pilares fundamentales en el arte. 24 páginas
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